De repente está ahí, tan lejos de mí, generando
brechas interminables entre su ser y el mío.
Obligando a desacostumbrarme a su presencia, al
refugio que no hace mucho supieron darme sus palabras, a las descargas
eléctricas producidas por cada uno de sus contactos, a las sonrisas, a esos
sueños tan suyos, tan míos… a sus manos deslizándose por mí cuerpo, al calor
emanado por sus poros, a sus demonios, a la particular forma en la que se deja
ser, a como lucha y es absurdamente fuerte, así sin ataduras aparte a las de
sus propios ideales… a eso que era, a eso que me hizo ser.
Se aleja y me quedo aquí abstraído en melancolías,
paralizado e impotente porque ha sido ella quien ha decido irse.
¨Ha llegado mi tiempo de partir, de recuperar mi
centro. Me estoy perdiendo y necesito encontrarme, lejos de todo, de todos y
eso te incluye, debo vivir mi ahora, bien sabes que no creo en eso que dicen
que viene después. Para mi mala suerte o no, yo no he nacido para quedarme en
un lugar a esperar a que las cosas pasen y esta idea que tengo de la vida no me
permite pertenecerle a nadie ¨
Eso fue lo último que dijo antes de besar mi mejilla
y cruzar la puerta que creó un abismo casi eterno entre lo que fuimos y lo que
viene después.
¨Me estoy perdiendo¨ Sus palabras me taladran la
cabeza desde el día en el que la vi por última vez. Cada noche como tradición sagrada me siento en el mismo
balcón en el que solíamos estar en todos sus periodos de insomnio, curiosamente
ahora soy yo quien no duerme desde que no está, pueden llamarle masoquismo.
Ahora espero los amaneceres postrado en el mismo
lugar en el que aún perdura su aroma y doy vida a los recuerdos que un día
fueron en la soledad de mis noches, embriagándome en nostalgias y bebidas
amargas.
Si bien era cierto; siempre supe que ella no era
mujer cualquiera, ella era especial, insoldable, taciturna, completa y
absolutamente jodida, ella era mi más esplendoroso infierno, como pasatiempo ella
tomaba a las personas y desarmaba sus prejuicios, uno por uno, con calma hasta
que el individuo mismo acariciara su error, sabía incluso que ella no se
permitía ser de nadie, pero también era cierto de que con todo mi ser esperaba
a que esta historia tan imperfectamente escrita no terminara tan pronto.
Debí detenerle, pensaran, pero yo la conocí, amé y
deseé por verla y sentirla en libertad; con las alas tan abiertas que apenas
tenía espacio para escabullirme y hacerme un lugar a su lado. Detenerla le
haría perder su esencia y nosotros los que vivimos amores libres y dementes sabemos
que ese es un pecado mortal, aun con mis esperanzas de mantenerla a mi lado
respetaba con mi vida su decisión, conocía las cartas del juego y ahora a asumo
las consecuencias.
Se fue dejándome un beso, una sonrisa y un baúl
copado de recuerdos.
Desde aquí espero a que vuelva a encontrarse y si no
es mucho pedir pueda hacerlo en mí cuando bien le parezca.